Yo te entregué mi sangre,
mis sonidos,
mis manos,
mi cabeza,
y lo que es más,
mi soledad.
La gran señora,
como un día de mayo dulcísimo de otoño,
y lo que es más aún,
todo mi olvido
para que lo deshagas y dures en la noche,
en la tormenta,
en la desgracia,
y más aún,
te di mi muerte,
veré subir tu rostro entre el oleaje de las sombras,
y aún no puedo abarcarte,
sigues creciendo
como un fuego,
y me destruyes,
me construyes,
eres oscura como la luz...
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